domingo, 27 de mayo de 2007
vida, ociosa e inútil? Y, como
coronamiento de todo eso, ¿qué puedes decir de tu conducta respecto a Katucha? ¡Eres un miserable!
¿Qué importa el juicio de los demas? Tú puedes engañados, pero no puedes engañarte a ti mismo.»
Y comprendió que el objeto de una aversión que él sentía desde hacía algún tiempo, y sobre todo
aquella noche no eran ni los hombres ni el viejo príncipe, ni Sofía Vassilievnna, ni Mis sy, ni Kornei,
sino él mismo, y, ¡cosa extraña!, aquel reconocimiento de su indignidad, aunque penoso, contenía algo
de calmante y de consolador.
Varias veces en el curso de su existencia había ya procedido a lo que él llamaba «limpiados de
conciencia»; crisis morales en las que el decaimiento, casi la detención de su vida in. terior, lo habían
obligado a barrer las porquerias que manchaban su alma.
Hecho eso, no dejaba nunca de imponerse reglas jurándose seguirlas. Escribía un diario, volvía a
empezar una nueva vida «turning a new leaf», como él decía. Pero la seducción del mundo volvía de
nuevo a atrapado, y volvía otra vez al punto de partida, si no más bajo.
El verano en que pasó las vacaciones en casa de sus tías había marcado la primera de aquellas
«limpiezas». Fue su despertar más vivo y más entusiasta. Sus consecuencias habían durado bastante
tiempo. El segundo despertar ocurrió cuando, habiendo abandonado su empleo de funcionario, soñó con
sacrificar su vida y había partido a guerrear contra los turcos. En aquella ocasión, la recaída tuvo lugar
antes que otras veces. Un nuevo despertar había ocurrido cuando abandonó el ejército y partió al
extranjero para dedicarse a la pintura.
Desde entonces, y hasta el día de hoy, había transcurrido un largo período sin que «limpiase su
conciencia». Por eso nunca había llegado a una suciedad tal, a un tal desacuerdo entre lo que exigía su
conciencia y la vida que llevaba. Se quedó aterrado. El abismo era tan grande, y la suciedad tan fuerte,
que en el primer momento desesperaba de poder desprenderse de ella.
«Más de una vez has tratado de corregirte, de hacerte me jor, y has fracasado -le decía una voz
tentadora -.¿Vale la pena empezar una vez más? ¿Es que eres tú el único que estás en ese caso? Todo el
mundo es como tú. ¡Es la vida!»
Pero el ser libre, el ser moral, y que es en nosotros el único verdadero, el único poderoso, el único
eterno, ese ser, en aquel momento, se había despertado en él. Le era imposible no creer en él. Por colosal
que fuera la distancia entre lo que era y lo que habría querido ser, aquel ser interior afirmaba que todo le
era posible aún.
«Romperé, por mucho que me cueste, los lazos de mentira en los que me revuelco, y confesaré todo;
diré y haré la verdad -se dijo con decisión en voz alta -. Diré la verdad a Missy: que soy un libertino, que
no puedo casarme con ella y que le pido perdón por haberla turbado. Diré a Maria Vassilievna..., o
mejor, no a ella, sino a su marido, le diré que soy un mi serable, que lo he engañado. Dispondré de la


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herencia conforme a la verdad. Diré también a Katucha que soy un miserable, que pequé contra ella. y
haré todo lo posible por suavizar su suerte. Iré a verla y le pediré que me perdone. Sí, le pediré perdón
como hacen los niños... Me casaré con ella si es preciso...»
Se detuvo, juntó las manos como hacía en su infancia, elevó los ojos y dijo:
-¡Señor, ven en mi ayuda, instrúyeme, penetra en mí para purificarme!
Rezaba. Pedía a Dios que penetrara en él para purificarlo; y ese milagro, pedido en su oración, se
había, sin embargo, cumplido ya en él. Dios, viviendo en su conciencia, había vuelto a tomar posesión
de ella. Y no solamente sentía Nejludov la libertad, la bondad, la alegría de la vida; sentía también la
fuerza del bien, y todo el bien posible que un hombre pudiera hacer, él se sabí a capaz de hacerlo
también.
Sus ojos estaban bañados de lágrimas. Buenas, en tanto que lágrimas de felicidad, nacidas del
despertar del ser moral dormido en él desde hacía años; pero malas también, porque eran lágrimas de
enternecimiento por sí mismo y por su bondad de alma.
Se ahogaba. Avanzó y abrió la ventana que daba al jardín. La noche era fresca, blanca de luna. A lo
lejos resonó un ruido de ruedas, y luego todo volvió a quedar en silencio. Bajo la ventana, sobre la arena
de la alameda y sobre el césped, se perfilaba la sombra de un gran álamo desnudo. A la izquierda, bajo
los diáfanos rayos de la luna, el techo de la cochera parecía todo blanco. Al fondo se entrecruzaban las
ramas de los árboles y transversalmente la línea negra del seto. Y Nejludov contemplaba el jardín, lleno
de una dulce luz argentada, y la cochera, y la sombra del álamo; escuchaba y aspiraba el soplo
vivificante de la noche.
-¡Qué hermoso es todo! ¡Qué hermoso es todo, Dios mío! -decía.
Y estas palabras eran la expresión de lo que pasaba en su alma

XIX
Maslova no fue llevada a la cárcel hasta las seis, doloridos los pies después de quince verstas (
medidas itineraria equivalente a 1.067 metros) de marcha desacostumbrada por una calzada de piedra.
Aunque aniquilada por la severidad imprevista de la sentencia, tenía hambre.
Durante una suspensión de la vista, los guardianes habían comido en su presencia pan y huevos
duros; la boca se le hizo agua y se dio cuenta de que tenía hambre, pero le habría parecido humillante
pedirles algo. y la vista recomenzó y duró todavía más de tres horas, y había acabado por no sentir ya
hambre, sino únicamente debilidad. La lectura de la sentencia la había encontrado en esta disposición de
espíritu, y al escucharla creyó estar soñando. La idea de los trabajos forzados no consiguió implantarse
fácilmente en su espritu. Pero la acogida que se le dio a la lectura de su condnna por los magIstrados y
los jurados le hizo ver pronto la realidad de la misma. Entonces, sublevada, había gritado su inocencia
con todas sus fuerzas, pero también su grito fue acogido como una cosa natural, prevista y sin alcance en
su situación. Se había deshecho en lágrimas, fatalmente resignada a soportar hasta el fin la extraña y
cruel injusticia que se había realizado en detri mento de ella. Una cosa sobre todo la asombraba: que
aquella dura sentencia le fuese infligida por hombres, por hombres jóvenes y no viejos, los mismos que
de ordinario la miraban con tanta complacencia. Únicamente el fiscal era la excepción. En la sala de los
presos, aguardando el comienzo de la vista, y luego, durante las suspensiones, había visto que aquellos
hombres, so pretexto de que tenían que hacer algo allí, pasaban por delante de la puerta de la estancia
donde se encontraba e incluso entraban pa ra tener ocasión de mirarla. ¡Y estos mismos hombres la
habían condenado a la cárcel, aunque ella fuese inocente de lo que se la acusaba! Había comenzado a
llorar, hasta quedar, poco a poco, sin lágrimas y completamente postrada. Cua.ndo, despues de la vista,
la encerraron en el calabozo del Palacio de Justicia en espera de su traslado a la cárcel, no tenía más que


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un pensamiento: fumar.
En este estado la encontraron Botchkova y Kartinkin, llevados igualmente después de la sentencia al
mismo calabozo. Botchkova se había puesto a insultarla, diciéndole que era un «piojo carcelario».
-Qué, ¿has ganado, te has justificado? ¡No te has esca pado, pendón! ¡No tienes más que lo que
mereces! ¡En la cárcel no te darás ya aires de princesa!
Maslova permanecía impasible, con las manos hundidas en las mangas de su capote, la cabeza baja,
mirando obstinadamente a dos pasos delante de ella; se limitó a decir:
-Yo no me ocupo de usted; déjeme tranquila. No me ocupo de usted -repitió varias veces.
Luego se calló.
Se animó un poco cuando se llevaron a Botchkova ya Kartinkin, y un guardia entró a traerle un
envío de tres rublos.
-¿Eres tú Maslova? -preguntó. Y añadió, tendiéndole el dinero -: Esto te lo envía una señora.
-¿Qué señora?
-¡Vamos, toma! No tenemos por qué daros conversación.
El dinero le era enviado a Maslova por Kitaieva, la patrona de la casa de tolerancia. Ésta, al salir de
la Audiencia, había preguntado al portero de estrados si podía dar un poco de dinero a Maslova. Al
escuchar la respuesta afirmativa, se quitó con precaución el guante de piel de Suecia que recubría su
blanca y gordezuela mano y sacó del bolsillo de detrás de su falda de seda una cartera de última moda
atiborrada de billetes. Entre una gran cantidad de cupones y de títulos ganados por ella, eligió un billete
de dos rublos cincuenta, añadió cincuenta copeques en plata y entregó todo al portero de estrados. Éste
llamó al guardia y le entregó la suma en presencia de la señora.
-Se lo ruego, le entregará eso, ¿verdad? -dijo Karolina Albertovna al guardia.
Este último se sintió vejado por semejante desconfianza; de ahí su malhumor contra Maslova.
Ésta no dejó de sentirse encantada al recibir tal dinero, que le iba a permtir realizar su deseo.
«¡Con tal que pueda procurarme pronto cigarrillos...!», se dijo; y en este único deseo de fumar se
concentraban todos sus pensamientos. Tenía tantas ganas, que aspiraba con avidez el olor de tabaco que
entraba, a bocanadas, en su celda. Pero tuvo que aguardar mucho tiempo para satisfacer su deseo. El
escribano, encargado de ordenar el traslado de los condenados desde la Audiencia a la cárcel se había en
efecto olvidado de ellos y se había retrasado discutiendo con un abogado el articulo del periódico
prohibido
Por fin, a eso de las cinco se hizo partir a Maslova entre sus dos guardias, el de Nijni-Novgorod y el
chuvaco, que la hicieron salir por una puerta trasera del palacio. En el vestíbulo del tribunal ella les
había dado veinte copeques rogándoles que fuesen a comprarle dos panes blancos y cigarrillos.
El chuvaco se había echado a reír:
-Está bien, te lo compraré- había dicho.
Honradamente, había ido a comprar los panes y los cigarrillos y le había devuelto lo que quedaba.
Pero estaba prohibido fumar en ruta; así, pues, Maslova había llegado hasta la cárcel sin haber podido
satisfacer sus ganas de fumar.
En el momento de llegar entraba un convoy de un centenar de presos y se había cruzado con ellos a
la puerta. Los había viejos y jóvenes, barbudos o afeitados, rusos y de otras razas. Algunos llevaban
rapada la mitad de la cabeza y tenian hierros en los pies. Llenaban el vestíbulo de polvo, del ruido de sus
pasos y de sus conversaciones y de un acre tufo a sudor. Todos, al pasar cerca de Maslova, la habían
mirado; algunos se habían acercado a ella para requebrarla.
-iVaya, vaya, la hermosa muchacha! -había dicho uno.
¡Mis respetos a la madrecita!- había dicho otro, guiñando un ojo.
Y uno de ellos, moreno, con la cabeza rapada y enormes bigotes, haciendo resonar sus hierros, se le


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había acercado para agarrarla del talle.
-¿Es que no reconoces a tu amiguito? ¡Vamos, no tengas tantos escrúpulos! -le dijo, enseñando los
dientes y con los ojos brillantes cuando ella lo rechazó.
-¿Qué haces tú ahí, bribón?- gritó el subdirector de la cárcel, apareciendo de improviso.
Inmediatamente, el forzado se retiró, agachando la espalda. y el subdirector se volvió hacia Maslova.
-¿ Y tú, qué vienes a hacer aquí?
Maslova estaba tan cansada, que le faltaron fuerzas para decir que volvía del tribunal.
-Llega de la Audiencia, señoría -respondió uno de los soldados, llevándose la mano a la garra.
-Hay que entregársela al guardián jefe. ¿Qué significa este desorden?
-A sus órdenes. señoría.
-jSokolov! ¡Hazte cargo de ella! -gritó el subdirector. El guardián jefe se acercó, la agarró por un
hombro con malhumor y, haciéndole una señal con la cabeza, la condujo él mismo por el corredor de las
mujeres. Allí la registraron por todas partes sin encontrar nada (el paquete de cigarrillos lo había
escondido dentro del pan) y la hicieron entrar de nuevo en la sala de donde había partido por la mañana.
XXX
Esta sala a la que llevaban de nuevo a Maslova era una gran pieza de nueve archines ( medida de
longitud = 0.71m.- N.del T.) de largo por siete de ancho con dos ventanas; por todo mobiliario, una vieja
estufa blanca en sus tiempos y una veintena de camas de tablas desunidas y que ocupaban los dos tercios
de la superficie de la sala. Hacia el centro, frente a la puerta, ardía un cirio ante un icono ennegrecido de
grasa y adornado con un viejo ramillete de siemprevivas. A la izquierda, detrás de la puerta, el cubo de
las basuras.
Acababan de pasar la lista de retreta y de encerrar alas presas para la noche.
Quince personas ocupaban la sala: doce mujeres y tres niños.
Había aún claridad y sólo dos mujeres estaban acostadas. Una de ellas dormía, tapada la cabeza con
su capote: era una idiota, encarcelada por vagabunda, y que dormía día y noche. La otra, condenada por
robo, era tísica. Sin dormir, permanecía extendida, abiertos los grandes ojos, posada la cabeza sobre su
capote; un hilo de saliva corría de sus labios, apretada la gar ganta en un duro esfuerzo para no toser.
Entre las demás mu jeres, vestidas la mayoría solamente con camisas de tela gruesa, unas cosían,
sentadas en sus camastros; otras, de pie junto a las ventanas, miraban pasar por el paño el convoy de los
presos. De las tres mujeres que cosían, una era la vieja Korableva, quien por la mañana había hablado a
Maslova por la mirilla de la puerta. Era una mujer alta y fuerte, de cara enfurruñada, con grandes cejas
fruncidas, carrillos que le caían bajo el mentón, cabellos ralos y amarillentos, griseando ya en las sienes,
y una verruga cubierta de pelos en la mejilla. Había sido condenada a prisión por haber matado a su
marido, al que encontró a punto de violar a su hija. Decana de la sala, gozaba del privilegio de vender
aguardiente. En aquellos momentos cosía, provista de gafas y sosteniendo la aguja al modo campesino,
esto es, con tres dedos de su gran mano callosa. Cerca de ella, cosiendo igualmente, estaba una mujercita
morena de nariz roma, con ojillos negros, aire bonachón y, además, muy charlatana. Guardabarrera de
ferrocarril, había sido condenada a tres meses de cárcel por haber causado un accidente al olvidar, una
noche, agitar su bandera al paso de un tren. La tercera era Fedosia, o Fenitchka, como la denominaban
sus compañeras, joven aún, toda blanca y toda rosa, con claros ojos de niña y, alrededor de su cabecita,
dos largas trenzas enrolladas de rubios cabellos. Estaba en la cá rcel por tentativa de envenenamiento
contra su marido, al día siguiente de casarse, sin motivo aparente; tenía entonces apenas dieciséis años.
Ahora bien, durante sus ocho meses de prisión preventiva no sólo se había reconciliado con su marido,
sino, más aún, se había enamorado de él. Cuando se celebró el juicio, ella le pertenecía en cuerpo y


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alma, lo que no había impedido que el tribunal la condenase a trabajos forzados en Siberia, a pesar de las
súplicas de su marido, de su suegro y sobre todo de su suegra, que sentían por ella una verdadera ternura
y que habían hecho toda clase de esfuerzos para que la absolvieran. Buena, alegre, siempre risueña, era
vecina de cama de Maslova y había congeniado pronto con ella, y la colmaba de cumplidos y de
atenciones.
Cerca de allí, en una cama, estaban sentadas otras dos mujeres. Una, de unos cuarenta años, delgada
y pálida, con algunos restos de belleza marchita, amamantaba a un niño. Era una campesina condenada
por rebelión contra la autoridad. Habiendo ido un día a su pueblo la policía para llevarse por la fuerza al
regimiento a uno de sus sobrinos, los campesinos, juzgando ese acto ilegal, se habían rebelado,
avasallando al comisario de policía rural, y la mujer había saltado a los belfos del caballo sobre el cual
habían hecho subir a su sobrino, a fin de liberar a éste. Una viejecilla, jorobada, de cabellos ya grises,
estaba sentada cerca de la joven madre. Fingía querer atra par a un grueso niñito de cuatro años,
ventrudo, que corría alrededor de ella lanzando carcajadas. Y, en camisa, el niño corría, repitiendo sin
cesar:
-¡No me coges! ¡No me coges!
El hijo de aquella vieja había sido condenado por tentativa de incendio, y ella había sido reconocida
cómplice. Resignándose, en cuanto a ella, a su pena, no de jaba de gemir por su hijo, encarcelado
igualmente, y sobre todo por su viejo marido; pues ella temía que su nuera se hubiese ido y que el viejo
no tuviera a nadie para lavarlo y quitarle los piojos.
Además de estas siete mujeres, otras cuatro. en pie ante una ventana abierta, se agarraban a los
barrotes de hierro; hablaban con los presos que pasaban por el patio, los mismos que Mas lova había
encontrado en el vestíbulo. Una de esas mujeres, que expiaba un robo, era una alta pelirroja de cuerpo
desmalazado, con pecas en todo su joven rostro. Con voz aguardentosa, lanzaba a través de la ventana
gran cantidad de palabras chocarreras. A su lado había una mujercita morena a la que su largo tronco y
sus cortas piernas daban el aire de tener diez años. Su rostro, de color de ladrillo, estaba lleno de
manchas; sus ojos eran grandes y negros, con gruesos labios recortados, levantados sobre una fila de
blancos y prominentes dientes. Soltaba risotadas al escuchar las respuestas de su vecina a los presos del
patio. Su coquetería le había merecido el apodo de la Hermosa. Estaba condenada por robo e incendio.
Delgada, huesuda, lastimosa, se erguía detrás de ella otra mujer, condenada por ocultación de objetos
robados; inmóvil, con una camisa de tela gris muy sucia, pesada con su vientre fecundado, permanecía
en pie, muda, sonriendo a veces, con aire aprobador y enternecido, a lo que ocurría en el patio. La cuarta
detenida, de pequeña estatura, fuerte, de ojos salientes y aire bonachón, había sido condenada por venta
fraudulenta de aguardiente. Era la madre del niño que jugaba con la jorobada y de una niñita de siete
años, autorizados a compartir su prisión porque no habían sabido a quién confiárselos. La madre, como
las demás mujeres, miraba por la ventana, pero sin dejar de hacer punto de media, y cerraba los ojos,
pareciendo desaprobar lo que decían los presos que pasaban por el patio. En cuanto ala niñita de siete
años, tenía cabellos de un rubio casi blanco, en desorden; agarrada con su delgada manecita a la falda de
la pelirroja, fija la mirada, escuchaba atentamente los juramentos cruzados entre las mujeres y los presos
y los repetía en voz baja, como si se los hubiese aprendido de memoria.
Por último, la duodécima detenida era la hija de un sacristán; había ahogado a su hijo recién nacido
en un pozo. Era una muchacha alta, larguirucha, rubia, con una trenza gruesa y cor ta, dorada y mal
peinada, y ojos salientes y fijos. Descalza y en camisa de tela gris, caminaba sin tregua de arriba abajo
por el estrecho espacio que dejaban las camas, sin ver a nadie ni hablar con nadie, y, cuando llegaba a la
pared, daba una brusca media vuelta.


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XXXI
Cuando la puerta se abrió para dejar paso a Maslova, todas se volvieron hacia ella; incluso la hija del
sacristán detuvo su paseo, levantó las cejas al examinar a la recién llegada y luego, sin decir palabra,
reemprendió su marcha de autómata. Korableva pinchó su aguja en el saco que estaba cosiendo, y, por
encima de sus gafas, interrogó a Maslova con la mirada:
-¡Perra suerte! -exclamó con su voz de bajo -.¡Ha vuelto! ¡Yo que pensaba que la iban a dejar en
libertad!
Se quitó las gafas y las depositó sobre la cama, juntamente con su labor.
-Precisamente estábamos diciendo con la madrecita que quizá te habrían soltado ya. Parece que de
vez en cuando ocurre eso. Y hay veces en que incluso le dan a una dinero -dijo la guardabarrera con voz
cantarina -. Y he aquí lo que te ocurre; no hemos adivinado. ¡Estamos en las manos de Dios, cariño! -
añadió ella con voz enternecida y continuando su costura.
-Entonces, ¿de verdad te han condenado? -preguntó Fedosia con compasión, mirando a Maslova con
sus azules ojos infantiles. y todo su rostro joven y alegre pareció a punto de inundarse de lágrimas.
Maslova no respondió nada. Se acercó a su cama, vecina a la de Korableva, y se sentó.
-Y quizá ni siquiera has comido, ¿verdad? -dijo Fedosia, sentándose al lado de ella.
Maslova, sin responder, depositó los panes sobre la cabecera y se desnudó; se quitó su polvoriento
capote, deshizo el pañolón que recubría los bucles de sus negros cabellos y volvió a sentarse.
La vieja jorobada, que, al extremo de la sala, jugaba con el niño, se acercó a su vez:
-¡Ts!, ¡ts!, ¡ts! -dijo con un chasquido de la lengua e inclinando compasivamente la cabeza.
El niño acudió detrás de ella. Boquiabierto y con ojos como platos, se quedó mirando los panes
traídos por Maslova. esta, después de todo lo que le había pasado, al volver a ver aquellos rostros llenos
de compasión, sintió ganas de llorar y le temblaron los labios; sin em bargo, se contuvo hasta el
momento en que la vieja y el niño se le acercaron. Pero ante las excla maciones de la primera y las
miradas serias del niño que iban desde los panes a ella, no pudo dominarse. Todos sus rasgos se
estremecieron y estalló en sollozos.
-Siempre te lo dije: ¡escoge un abogado ladino! -dijo Korableva-. Bueno, ¿qué ha pasado?
¿Deportación?
Las lágrimas le impidieron a Maslova responder. Recogió el pan y tendió a Korableva el paquete de
cigarrillos, donde estaba representada una dama toda rosa de alto pescuezo y escotada en triángulo.
Korableva miró la imagen y meneó la cabeza, pareciendo desaprobar a Maslova por haber gastado tan
tontamente su dinero; luego sacó un cigarrillo, lo encendió en la lámpara y, habiendo dado una chupada,
se lo tendió a Maslova, quien, todavía llorando, se puso a fumar con avidez.
-¡Trabajos forzados! -gimió ella por fin entre dos sollozos.
-¡No sienten temor de Dios esos malditos vampiros! -exclamó Korableva -¡Han condenado a esta
muchacha por nada!
En aquel momento, las cuatro mujeres, en pie ante la otra ventana, lanzaron una gran risotada. Se
oyó también la risa fresca de la niña mezclada a las risas enronquecidas y agudas de las mujeres. Sin
duda, uno de los presos había provocado aquel estallido de alegría chocarrera con un gesto equívoco.
-¡Vaya, el perro rapado! ¿Habéis visto lo que ha hecho? -clamó la mujer pelirroja, moviendo su
desmalazado cuerpo.
-¡Vaya una piel de tambor! ¡Pues sí que hay mucho de qué reír!- dijo Korableva, señalando con la
cabeza a la mujer pelirroja. Y, dirigiéndose a Maslova -: ¿ y por cuántos años?
-Por cuatro -respondió Maslova, con una abundancia tal de lágrimas, que una de ellas cayó sobre su
cigarrillo.


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Maslova lo miró con malhumor, lo tiró y cogió otro.
Aunque ella no fumaba, la guardabarrera recogió inmedia tamente la colilla y dijo a su vez:
-¡Ay, hermosa mía, qué verdad cuando dicen que nos comen los puercos! Hacen lo que les da la
gana. ¡Y nosotras que habíamos creído que te pondrían en libertad! Matveievna aseguraba que te
absolverían. Y yo le respondí: «No, cariño, mi corazón presiente que la van a devorar.» Y he aquí que es
cierto- proseguía la guardabarrera, escuchando con un placer visible el sonido de su propia voz.
Durante este tiempo, los presos habían acabad o de atrave sar el patio. Las mujeres que habían
cruzado con ellos groseras pullas abandonaron la ventana para acercarse a Maslova. Llegó primeramente
la tabernera con su hijita.
-Qué, ¿han sido muy severos?- preguntó sentándose al lado de Maslova y sin dejar de hacer punto
apresuradamente.
-¡La han condenado porque no tenía dinero! -replicó Korableva -.Si lo hubiese tenido, habría podido
pagar a un abogado astuto y ladino que habría hecho que la absolvieran. Hay uno (no me acuerdo ya de
su nombre), uno peludo, con una gran nariz; ése, muchacha, te sacaría completamente seca del fondo del
agua. Había que haber cogido a ése.
-¡Ah, sí, cogerlo! -dijo la Hermosa mostrando sus dientes -.¡Ese no pediría menos de mil rublos!
-Sin duda,. es tu estrella- interrumpió la buena vieja condenada por incendio -. No es porque yo lo
diga. El miserable que le quitó la mujer a mi hijo y que le hizo poner a él entre rejas para que alimentase
a los piojos y que me ha hecho encerrar a mí en mi vejez... -continuó, recomenzando su historia por
centésima vez.
-No hay medio de evitar la cárcel ni la pobreza. Si no es la una, es la otra. Son todos lo mismo -dijo
la tabernera. Y de repente, mirando la cabeza de su hija, soltó la media que estaba tejiendo cogió a la
niña entre sus rodillas y, con gran destreza, se puso a buscarle entre los cabellos -.¿Por qué te dedicaste a
vender aguardiente? -y se respondió -:¿Con qué, si no, habría dado de comer a mis hijos?
Esta palabra de «aguardiente» dio a Maslova ganas de beberlo.
Me gustaría beber un vaso -dijo a Korableva. Se enjugó las lágrimas con la manga de la camisa y no
dejó escapar un sollozo más que de tarde en tarde.
-Entonces, dame- dijo Korableva.

XXXII
Maslova había escondido también su dinero en el pan. Lo retiró y tendió el billete a Korableva. Ésta
no sabía leer; se lo enseñó a la Hermosa, quien le dijo que aquel cuadradito de papel valia dos rublos
cincuenta. La vieja fue entonces a la estufa, abrió la puerta del tiro y sacó un frasco de aguardiente. Al
ver aquello, las mujeres que no eran vecinas suyas regresaron a sus puestos. Esperando el aguardiente,
Maslova sacudió el polvo de su capote y de su pañolon, subió a su camastro y se puso a comer su pan:
-Te había dejado té, pero ahora está frío -le dijo Fedosia, quien tomó de una plancha una tetera y un
vaso de hierro fundido envueltos en un trapo.
La bebida estaba en efecto completamente fría y sabía más a hierro que a té. Sin embargo, Maslova
la bebió comiendo su pan.
-¡Toma, Finaschka! -le gritó al niño, partiendo un pedazo de pan, que le dio.
Korableva tendió el frasco de aguardiente y el vaso, y Maslova le ofreció un poco, igual que a la
Hermosa. Ellas tres componían la aristocracia del lugar , siendo las únicas que de vez en cuando tenían
dinero, y compartían siempre entre ellas lo que tenían.
Maslova, pronto toda animada, contó lo que le había impre sionado en la Audiencia y remedó los
ademanes y el tono del fiscal. Dijo el interés que habían mostrado todo el día los hom bres por


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acercársele. En la vista, todo el mundo l a había estado mirando, y aun después del juicio, en la
habitación donde la habían encerrado, no dejaba de venir gente a verla.
-Uno de los guardias me decía: «Es a ti a quien vienen a ver.» Entonces llegaba alguien: «¿Dónde
está tal papel?, Y yo veía que él no tenía necesidad de papel alguno, pero que me comía con los ojos.
¡Vaya unos farsantes! -contaba ella, sonriendo, con un movimiento de cabeza en el que se
transparentaba un reproche.
-Siempre ocurre así- aprobó la guardabarrera, quien de nuevo empezó a perorar con su voz cantarina
-.Caen como moscas sobre el azúcar. Para otra cosa, no se les ve venir; mas para eso, siempre están
dispuestos.
-Y aquí -continuó Maslova, sonriendo -también tuve una buena acogida. Al entrar en la cárcel, el
paso estaba cortado por una bandada de presos a los que traían de la esta ción. Menos mal que el
subditector acudió a librarme. Había uno sobre todo que estaba rabioso: tuve que pegarle para que me
soltase.
-¿ Y cómo era? -preguntó la Hermosa.
-Uno moreno, con grandes bigotes.
-Seguro que era él.
¿Quién?
-Pues Stcheglov. Acaba de pasar por el patio. –
¿Qué Stcheglov es ése?
-¿Cómo, no conoces a Stcheglov? Se ha escapado ya dos veces de Siberia. Lo han vuelto a coger,
pero se evadirá una vez más. Los guardias le tienen miedo -añadió la Hermosa, que a menudo transmitía
clandestinamente cartitas a los presos y conocía todos los líos de la cárcel-. Seguro que se escapará de
nuevo.
-Es posible. Pero no nos llevará con él -comentó Korableva Escucha -continuó, volviendose hacia
Maslova -, será mejor que nos cuentes lo que te ha dicho tu abogado para tu instancia. ¿Tienes que
firmarla ahora?
Maslova respondi que no sabía nada de eso.
Entonces la mujer pelirroja, con los brazos manchados de pecas hundidos en su espesa cabellera y
rascándose furiosamente la cabeza con las uñas, se acercó a las tres mujeres, que continuaban
saboreando su aguardiente.
-¿Quieres que te diga lo que tienes que hacer, Catalina? -le dijo a Maslova -.Es preciso que digas:
«Estoy descontenta del juicio», y declarárselo así al fiscal.
-¿Qué tonterías vienes a decir? -le preguntó Korableva con su voz irritada de bajo -.¡Tiene que ver
esta fulana que ha comerciado con aguardiente! ¡No hace falta que vengas a damos consejos! Sabemos
lo que hay que hacer; no se te necesita.
-¿ Es que te estoy hablando a ti? ¿ A qué te metes en esto?
- Lo que te tienta es el aguardiente, ¿verdad? Por eso vienes a dártelas de sabia.
- Vamos, sírvele un vaso- dijo Maslova, siempre generosa.
- Espera, tú verás qué es lo que le voy a servir.
- ¿Cómo? Has de saber que no te tengo miedo - exclamó la mujer pelirroja avanzando hacia
Korableva- ¡ Basura!
- ¿Basura yo? ¡ Piojo de carcel!- gritó la pelirroja.
Y como ésta hubiera dado un paso al frente, Korableva le dio un golpe en el pecho desnudo y graso.
Como si no hubiera esperado más que aquella provocación la pelirroja hundió bruscamente los dedos
de una de sus manos en los cabellos de Korableva, tratando con la otra mano de golpearla en la cara,
mientras su adversaria le agarraba el brazo. Ma slova y la Hermosa intentaron apartarlas, pero la


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pelirroja había agarrado tan sólidamente los cabellos de la vieja, que no se podía conseguir que los
soltara. Korableva, bajada la cabeza, golpeaba al azar sobre el cuerpo de su enemiga y se esforzaba en
morderle el brazo. Alrededor de ellas se habían amontonado las mujeres, que gesticulaban y gritaban.
Incluso la tísica se había levantado para ver la pelea. Los niños se apretaban uno contra otro y lloraban.
Y el estrépito se hizo de tal magnitud, que acudieron la vigilanta y el vigilante.
Separaron a las dos adversarias. Korableva deshizo su tren za gris, de la que cayeron puñados de
cabellos arrancados por la pelirroja. Ésta, por otra parte, trataba de arreglarse sobre el pecho amarillento
los jirones de su camisa desgarrada. Y a coro se pusieron a gritar, a vocear sus agravios y sus
explicaciones.
-Sí, sí, ya sé- dijo la vigilanta -; el aguardiente es la causa de todo esto. Mañana por la mañana se lo
diré al director, que va a ajustaros las cuentas. Huelo muy bien el aguardiente. Bueno, calladas ya, o, si
no, ¡ay de vosotras! No tengo tiempo de poneros de acuerdo. Cada una a su sitio y silencio.
Pero no era cosa fácil lograr el silencio. Durante mucho tlempo, las mujeres disputaron entre ellas,
en desacuerdo sobre el origen de la pelea. Por último, el vigilante y la vigilanta se marcharon y las
mujeres se dispusieron a acostarse para pasar la noche. La vieja jorobada fue a rezar delante del icono.
-¡Vaya dos piojos carcela:ios que querían damos una lección. -dijo de repente la pehrroja desde el
otro extremo de la sala, con su voz aguardentosa y añadiendo los juramentos más soeces de su
repertorio.
-Tú- replicó Korableva usando vocablos parecidos ten culdado de que no vaya a dejarte tuerta esta
noche.
Se callaron un instante.
-Si no me hubieran sujetado, te habría arrancado todos los pelos -gritó de nuevo la pelirroja.
A lo que no se hizo esperar una respuesta apropiada de Korableva. Y, de cuando en cuando, el
silencio de la sala se veía cortado por una nueva explosión de amenazas y de invectlvas.
Las presas estaban todas acostadas y algunas roncaban ya. Únicamente la vieja jorobada y la hija del
sacristán seguían en pie. La primera,. en sus largos rezos, continuaba sus salutaciones. delante del icono;
la segunda, después de la marcha de los vlgilantes, se había levantado para reanudar sus idas y venidas.
Maslova no dormía tampoco, no dejando de pensar que ahora era «un piojo carcelario». Dos veces
ya, en pocas horas, le habían aplicado aquel epíteto: primero Botchkova y luego la pelirroja. No podía
acostumbrarse a. aquella idea.
Al principio, Korableva le había vuelto la espalda para dormir; luego se volvió bruscamente.
-Era algo en lo que no había pensado, que no había previsto en absoluto. ¡Yo, que no he hecho nada!
-gimió Maslova en voz muy baja -. A los demás que hacen daño, no les dicen nada, y yo, sin haberlo
hecho, me veo perdida.
-¡No te atormentes, muchacha! También se vive en Siberia. No morirás aí.
-No moriré, ya lo sé; pero, ¿y la vergüenza? ¿E ra ésa la suerte que me esperaba a mí, que estaba
acostumbrada a vivir con el mayor desahogo?
-Contra Dios no puede ir nadie -respondió Korableva, suspirando -. Contra El, nadie puede ir.
-Es verdad, madrecita, pero de cualquier manera es duro.
Se callaron.
-Escucha a la llorona esa -dijo Korableva, haciendo observar a Maslova un ruido extraño que llegaba
desde el fondo de la sala.
Era la mujer pelirroja que lloraba porque la habían insultado, la habían pegado y le habían negado
aquel aguardiente del que tenía tantas ganas. Lloraba también porque en toda su vida no había sufrido
más que injurias, afrentas, humillaciones y golpes. Había creído poder consolarse con el recuerdo de su
primer amor, de sus relaciones con un joven obrero. Se había acordado bien del comienzo, pero también


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del fin, cuando su amante, ebrio, le había rociado con vitriolo el sitio más sensible y se había regocijado,
con sus camaradas, viéndola retor cerse de dolor. y llena de tristeza, creyendo no ser oída, se había
puesto a llorar, como los niños, resollando y bebiéndose las saladas lágrimas.
-Es una lástima -murmuró Maslova.
-Desde luego, es una lástima- respondió Korableva -; pero, ¿por qué se mete en líos?

XXXIII
A la mañana siguiente, al despertar, Nejludov experimen tó al punto la sensación vaga de que la
víspera le había ocurrido algo muy hermoso y muy importante. y sus recuerdos se precisaron. «Katucha,
el tribunal.» Sí, y su resolución de repudiar la mentira, de decir en lo sucesivo toda la verdad. Y, por una
extraña coincidencia, encontró en su correo la carta tanto tiempo esperada de María Vassilievna, la
mujer del mariscal de la nobleza. Ella le devolvía su libertad y le expresaba sus mejores deseos de
felicidad en su próximo casamiento.
«¡Mi casamiento! -pensó él con ironía -. ¡Cuán lejos está eso!»
Se acordó de su proyecto de la víspera de decir todo al marido, de pedirle perdón y de ofrecerle la
reparación que exigiera. Aquella mañana eso no le parecía ya tan fácil de cumplir. ¿Para qué hacer la
desdicha de un hombre con la revelación de una verdad que lo haría sufrir? «Si me lo pregunta se lo
diré; es inútil ir a decírselo yo mismo.»
Al reflexionar, vio que tampoco era nada fácil decirle toda la verdad a Missy. También en ese caso,
si hablaba, resultaría ofensivo para ella. Más valía dejar la cosa en un sobrentendido. Decidió solamente
no ir más a casa de los Kortchaguin excepto para decirles la verdad si se la pedían.
Por el contrario, en lo concerniente a sus relaciones con Katucha, no había por qué recurrir a ningún
sobrentendido. «Iré a verla a la cárcel, se lo diré todo, le pediré que me perdone. Y, si es necesario, me
casaré con ella.»
La idea de sacrificarlo todo por satisfacer su conciencia y de casarse con Katucha en caso necesario
lo enternecía particularmente aquella mañana.
Su jornada empezaba con una energía a la que no estaba habituado desde hacía mucho tiempo.
Cuando acudió al come dor Agrafena Petrovna a recibir sus órdenes, él le declaró inmediatamente,
sorprendido él mismo de su firmeza, que iba a ca mbiar de alojamiento y que se veía obligado a
renunciar a sus servicios. Desde la muerte de su madre, nunca había hablado con el ama de llaves de lo
que pensaba hacer con sucasa. Por un convenio tácito, estaba reconocido que, hallán dose a punto de
casarse, continuaría habitando la grande y lujosa morada. Su proyecto de abandonar aquel apartamento
indicaba, pues, algo imprevisto. Agrafena Petrovna lo miró con sorpresa.
-Le estoy muy agradecido, Agrafena Petrovna, por su solicitud para conmigo, pero en lo sucesivo no
tengo necesidad ni de una residencia tan grande ni de un personal tan numeroso. Mientras pueda usted
seguir ayudándome, le pediré que se cuide de que embalen todas mis cosas, como se hacía en vida de mi
madre. Cuando Natacha venga -Natacha era la hermana de. Nejludov -, ya verá ella lo que convenga
hacer con esas cosas.
Agrafena Petrovna meneó la cabeza.
-¿Cómo lo que convenga hacer? -dijo -. Usted las necesitará.
-No, Agrafena Petrovna, no las necesitaré -dijo Nejludov, respondiendo a los pensamientos secretos
del ama de llaves -. Y luego, haga el favor de decirle a Kornei que le pagaré dos meses anticipados y que
desde hoy vaya pensando en colocarse en otra parte.
-Hace usted mal al obrar así, Dmitri Ivanovitch. Aunque vaya usted al extranjero, siempre le hará
falta un apartamento.


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-No es lo que usted piensa, Agrafena Petrcivna -respondió Nejludov -. No voy al extranjero, o, si
voy a alguna parte, no será allí.
Al decir estas palabras se le empurpuraron las mejillas. «Vamos -pensó -, hay que decírselo todo.
Aquí, nada me obliga a callarme y debo empezar inmediatamente diciendo la verdad.»
Ayer me ocurrió una aventura muy rara y muy grave. ¿Se acuerda usted de Katucha, que servía en
casa de mi tía María Ivanovna?
-¿Cómo no? Fui yo quien la enseñé a coser.
-Pues bien, ayer la condenaron en la Audiencia en un juicio donde yo era jurado.
-¡Oh, señor, qué lástima! -exclamó Agrafena Petrovna-. y ¿por qué crimen la han condenado?
-Por asesinato. y yo me siento responsable.
-¿Cómo es posible? He ahí una cosa blen extraña, en efecto- dijo Agrafena Petrovna; y una llama
paso por sus apagados ojos.
Ella conocía toda la historia de Katucha.
Sí, soy yo quien tiene la culpa de todo. Y todos rnis planes han quedado trastornados por este
encuentro.
-¿Qué cambio puede resultar de eso para usted? -dijo Agrafena Petrovna reteniendo una sonrisa.
-Puesto que yo tengo la culpa de que ella tomase ese camino, ¿no soy yo quien debo llevarle
socorro?
-Demuestra usted que tiene muy buen corazon. Pero ¿qué culpa tiene en todo eso? La misma
aventura ocurre a todo el mundo; con una persona de juicio todo se arregla, todo se olvida, y la vida
continúa- dijo Agrafena Petrovna con tono grave -.y usted no tiene por qué acusarse. Me enteré de que
después ella se había salido dd buen camino: ¿de quén es la culpa?
-Mía. Y soy yo quien tiene que repararla.
-¡Oh, con lo difícil que será reparar eso!
-Es una cuestión que me incumbe. Pero si esta usted preocupada por su propia situación, Agrafena
Petrovna, me apresuro a decirle que lo que mi madre dejó dicho...
-¡Oh, no, no me preocupo por mí! La difunta me colmó de tantos favores, que no tengo necesidades.
Mi sobrina Lizegnka está casada y me invita a irme con ella: iré cuando tenga la certidumbre de que ya
no puedo servirle a usted. P ero hace usted mal al tomar ese asunto tan a pecho: cosas parecidas le
ocurren a todo d mundo.
-Pues bien, yo pienso de otra manera. Y, se lo vuelvo a rogar, disponga todo lo necesario para que
pueda marcharme de aquí. y no me guarde rencor. Le estoy muy agradecido por todo lo que ha hecho.
Cosa sorprendente: desde que se había descubierto así mismo malvado y egoísta, Nejludov había
cesado de despreciar a los demás. Por el contrario, experimentaba hacia Agrafena Petrovna y Kornei los
más afectuosos sentimientos. Sintió el deseo de arrepentirse también ante Kornei; pero éste tenía un aire
tan gravemente respetuoso, que no se atrevió a hacerlo.
Al dirigirse al Palacio de Justicia, en el mismo coche y por las mismas calles que la víspera,
Nejludov se asombraba de! cambio sobrevenido en él desde el día anterior. Se sentía un hombre
completamente distinto.
Su casamiento con Missy, tan próximo el día anterior, por lo que él creía, se le aparecía ahora como
irrealizable. La víspera estaba persuadido de que ella se sentiría feliz casándose con él; hoy, no sólo se
sentía indigno de desposarla, sino incluso de tratarla. «Si ella me conociera tal como soy, por nada en el
mundo me recibiría. ¡ Y yo era lo bastante inconsciente como para reprocharle sus coqueterías con aquel
otro joven! E incluso, unido a ella, ¿Podría yo tener un solo instante de felicidad o simplemente de
reposo sabiendo que la otra, la desgraciada cuya perdición causé, está en la cárcel y que uno de estos
días saldría para Siberia, por etapas, en tanto que yo, aquí, recibiría felicitaciones o haría visitas con mi


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joven esposa? O bien estando sentado en la asamblea, al lado del mariscal de la nobleza al que he
engañado indignamente, contaría los votos a favor o en contra del nuevo reglamento de inspección de
escuelas, etcétera, y me iría seguidamente a reunirme en secreto con la mujer de ese mismo amigo. ¡Qué
vergüenza! O bien, reemprendería ese maldito cuadro que no acabaré jamás, porque no tengo por qué
ocuparme con tales puerilidades. No, en lo s ucesivo, nada de eso me es ya posi ble», se decía,
alegrándose cada vez más de! cambio interior sobrevenido en él.
«Ante todo -seguía pensando -, volver a ver al abogado, saber el resultado de su gestión; y luego,
después de eso..., después de eso, ir a verla a la cárcel, y decírselo todo.»
Y cada vez que, con el pensamiento, se representaba el modo como la abordaría, cómo le diría todo,
cómo expondría ante ella la confesi6n de su falta, cómo le declararía que él solo tenía la culpa de todo y
que se casaría con ella para reparar su falta, cada vez que pensaba en eso, se extasiaba con su resolución
y los ojos se le llenaban de lágrimas.

XXXIV
En el corredor del Palacio de Justicia, Nejludov encontró al portero de estrados de la sala de lo
criminal. Le preguntó a qué sitio llevaban a los condenados después del juicio y qué persona podía dar la
autorización para verlos. El portero le informó de que estaban repartidos por diversos lugares y que sólo
al fiscal correspondía dar esa autorización.
-Después de la vista -añadió -vendré a buscarlo a usted para conducirlo al despacho del fiscal, quien,
de momento, no ha llegado aún. Ahora, le ruego que se dirija lo antes posible a la sala del jurado: la
vista va a comenzar.
Nejludov dio las gracias al portero, que hoy le pareció particularmente digno de lástima, y se dirigió
hacia la sala del jurado.
En el momento en que se acercaba a ella, los jurados salían para pasar a la sala de audiencias. El
comerciante estaba tan alegre como la víspera y parecía haber bebido y comido copiosamente antes de
venir. Acogió a Nejludov como a un viejo amigo; Peter Guerassimovitch, por su parte, a pesar de su
familiaridad, no produjo en Nejludov la misma impresión desagradable.
Este se preguntó si no debía revelar a los jurados sus pasadas relaciones con la mujer condenada la
víspera. «Para hacer bien las cosas -pensaba -, habría debido levantarme ayer, en plena sesión, y
confesar públicamente mi falta.» Pero, al volver a entrar en la sala de audiencias, cuando vio renovarse
el procedimiento de la víspera: el anuncio del tribunal, los tres jueces de cuello bordado reaparecidos
sobre el estrado, el silencio, el llamamiento a los jurados, el viejo pope, comprendió que, la víspera, no
habría tenido. nunca el valor necesario para perturbar aquel aparato imponente.
Los preparativos del juicio fueron los mismos que en la primera sesión, excepto que se suprimió el
juramento de los jurados y la alocución del presidente dirigida a los mismos.
Se juzgaba aquel día un robo con fractura. El acusado era un muchacho de veinte años, delgado, de
hombros estrechos, la cara exangüe y vestido con un capote gris. Custodiado por dos guardias con el
sable desenvainado, lanzaba una mirada a todo el que llegaba. Con un camarada, este muchacho había
forzado la puerta de una cochera y se había apoderado de un paquete de viejas alfombras que valía en
total tres rublos sesenta y siete copeques. El acta de acusación mencionaba que un agente había detenido
a los ladrones en el momento en que emprendían la fuga con las alfombras a la espalda. Habían
confesado completamente y los habían metido en la cárcel. El compañero del muchacho, un cerrajero,
había muerto; por eso éste comparecía solo ante el jurado. Las alfombras figuraban sobre la mesa de las
piezas de convicción.


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El proceso siguió las mismas fases que el de Maslova: el mismo aparato de interrogatorios, de
declaraciones de testigos, de peritos. El agente que había detenido al acusado respondía a todas las
preguntas del presidente, del fiscal, del abogado:
-¡Perfectamente! ¡Yo no puedo saberlo! ¡Perfectamente!
Pero, a pesar de su embrutecimiento y de su automatismo militar, se veía que sentía lástima del
acusado y que no estaba muy orgulloso de su captura.
Un segundo testigo, un viejecillo, propietario de la casa donde se había cometido el robo y
propietario asimismo de las alfombras, hombre indudablemente bilioso, respondió, con visible
malhumor, que reconocía desde luego el cuerpo del de lito. y cuando el fiscal le preguntó si aquellas
alfombras le eran de gran utilidad, respondió con tono irritado:
-¡Que el diablo se lleve esas malditas alfombras! No me servían para nada. Dada gustosamente diez
rublos más, e incluso veinte, por haberme evitado tantas molestias. Sólo en coches ya me he gastado
cinco rublos. Y, además, estoy enfermo. Tengo una hernia y reúma.
Así hablaron los testigos. En cuanto al acusado, confesó y contó todo lo que había pasado. Como un
animal cogido en el cepo, los ojos huraños, volviendo la cabeza en todas las direcciones, refería todo sin
malicia.
El asunto era de los más claros; pero, lo mismo que la víspera, el fiscal se encogía de hombros y se
ingeniaba en hacer preguntas insidiosas, como para desmontar la astucia del acusado y rebatirla.
Estableció, en su requisitoria, que el robo se había cometido en una habitación cerrada, con fractura,
y merecía, por consiguiente, el castigo mas severo.
Por su parte, el abogado, designado de oficio, afirmó que el robo se había realizado en un anexo de
edificio no cerrado; y, aunque no hubiera por qué negar el delito, el acusado no era tan peligroso para la
sociedad como decía el fiscal.
.Luego el presidente, esforzándose en mostrarse tan imparcial como la vispera, explico punto por
punto a los jurados lo que ellos sabían del asunto y no tenían derecho a ignorar . Como. la víspera, se
suspendió la vista; los jurados fumaron cigarrillos; el portero de estrados anunció: «¡El tribunal!» Como
la víspera, los guardias, que parecían amenazar al reo con sus sables, resistieron lo mejor que pudieron al
sueño.
Se supo por los debates que el acusado había sido colocado por su. Padre en una fábrica de tabaco,
donde había permanecido cinco años y que, en el año en curso, había sido despedido como consecuencia
de una disputa entre el director de la fábrica y sus obreros. Entonces se halló sin trabajo. Errando por las
calles a la ventura, había entablado conocimiento con un obrero cerrajero, igualmente sin trabajo y
bebedor. Una noche en que los dos estaban ebrios, habían violentado la puer ta de una cochera y se
habían apoderado del primer objeto que les cayó en las manos. Los cogieron. Habían confesado todo. El
cerrajero había muerto en la cárcel, y sólo su cóm plice era presentado ante el jurado como un ser
peligroso que amenazaba a la sociedad.
«¡Tan peligroso como la condenada de ayer! -pensaba Nejludov siguiendo las fases del proceso -
.¡Los dos son seres.peligrosos! ¡Sea! Pero nosotros que los juzgamos, ¿no somos peligrosos...? ¿ Yo, por
ejemplo, el libertino, el mentiroso? ¿ Y los que, no conociéndome tal como yo era en lugar de
despreciarme, me estimaban?
»Con toda seguridad, este muchacho no es un gran criminal, sino un hombre como los demás. Todo
el mundo se da cuenta de eso; todos lo ven, desde luego; no se ha convertido en lo que es, más que en
virtud de condiciones propicias para hacerlo así. Parece, pues, claro que hay que suprimir primeramente
las condiciones que producen tales seres.
»Habría bastado con que hubiese un hombre -seguía pensando Nejludov mirando el rostro enfermizo
y asustado del muchacho -, un hombre que lo hubiera socorrido en el momento en que, por necesidad, lo


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trasladaron del campo a la ciudad, o bien en la ciudad misma, cuando después de sus doce horas de
trabajo en la fábrica iba a la taberna, arrastrado por camaradas de más edad. Si hubiese habido entonces
alguien que le hubiera dicho: “¡No vayas ahí, Vania, no está bien!", no habría ido y no habría hecho
daño.
»Pero ni un solo hombre tuvo piedad de él durante todo el tiempo que vivió en su fábrica como un
animalito. Todo el mundo, por el contrario: capataces, camaradas, durante esos cinco años le enseñaron
que, para un muchacho de su edad, la sabiduría consiste en mentir, en beber, en jurar, en pelearse y en
correr detrás de las muchachas.
»Cuando luego, agotado, gangrenado por un trabajo mal sano, por el alcoholismo y la disipación,
habiendo errado a la ventura por las calles, se deja arrastrar a introducirse en una cochera para robar allí
unas viejas alfombras fuera de uso, entonces, nosotros que no nos hemos cuidado de hacer desaparecer
las causas que han traído a este niño a su estado actual, pretendemos remediar el mal castigándolo a é1...
¡Es horrible!»
Así pensaba Nejludov, sin atender a nada de lo que le ro deaba. Se preguntaba cómo ni él ni los
demás se habían dado cuenta de todo aquello.

XXXV
Durante la primera suspensión, Nejludov se levantó y salió al corredor, con la intención de
abandonar el Palacio de Justicia para no volver más a él. «¡Que hagan lo que quieran con ese
desgraciado!- se dijo -. Por mi parte, no quiero participar más tiempo en esta comedia.»
Preguntó dónde estaba el despacho del fiscal y se dirigió allí inmediatamente. El escribiente se negó
al principio a dejarlo pasar, alegando que el fiscal estaba ocupado; pero Nejludov siguió adelante, abrió
la puerta de la antecámara, se dirigió al empleado que estaba allí sentado y le rogó que avisase al fiscal
que un jurado deseaba hablarle por un asunto urgente. Su título de príncipe y su porte elegante
impresionaron al empleado, que lo anunció al fiscal, y Nejludov pudo pasar en seguida.
Visiblemente disgustado por su insistencia, el fiscal lo recibió de pie.
-¿En qué puedo servirle? -le preguntó con tono severo.
-Soy jurado, me llamo Nejludov y tengo absoluta precisión de ver a la condenada Maslova en la
cárcel donde se en cuentre -respondió Nejludov de un tirón, enrojeciendo al pensar que aquel paso
tendría sobre toda su vida una influencia decisiva.
El fiscal era un hombre bajito, delgado y seco, de cabellos cortos, grisáceos ya, con ojos muy vivos y
una barbita puntiaguda sobre un mentón prominente.
-¿Maslova? Sí, ya sé. Acusada de envenenamiento, ¿no es así? Mas, ¿para qué tiene usted necesidad
de verla?
Luego, con un tono más amable:
-Disculpe mi pregunta, pero no puedo autorizarle sin estar enterado del motivo.
-Tengo necesidad de ver a esa mujer; es para mí un asunto de la mayor importancia -dijo Nejludov,
enrojeciendo de nuevo.
-Bien -dijo el fiscal, que a1zó los ojos para fijar sobre NeJludov una mirada penetrante -.¿Ha venido
ya su proceso, o no?
-Fue juzgada y condenada irregularmente ayer a cuatro años de trabajos forzados. ¡Es inocente!
-Bien -replicó d fiscal sin parecer escandalizarse por aquella afirmación de inocencia -. Juzgada ayer,
debe de encontrarse todavía, antes de que expire el plazo para recurrir, en la perutenciaría de detención
preventiva. Hay días señalados para ver a los presos. Le sugiero que se dirija allí.
-Es que tengo necesidad de verla inmediatamente -dijo Nejludov con un temblor de su mandíbula


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inferior y comprendiendo que había llegado el momento decisivo.
-Pero ¿por qué tiene usted necesidad de verla inmediatamente? -preguntó el fiscal, un poco inquieto
y con las cejas fruncidas.
-Porque ella es inocente y la han condenado a trabajos forzados. ¡Soy yo quien tiene la culpa de
todo, y no ella! -añadió Nejludov con voz temblorosa y comprendiendo que no expresaba bien su
pensamiento.
-¿ y cómo es eso?
-Fui yo quien la sedujo y la colocó en la situación donde se encuentra. Si yo no hubiese obrado así,
ella no habría tenido que responder de la acusación que se le ha hecho.
-No comprendo cómo justifica eso su deseo de verla. -Es que quiero seguirla... ¡Y casarme con ella!
-declaró Nejludov.
Y, como siempre, cuando se afirmaba en esa resolución, le subieron lágrimas a los ojos.
-¡Ah, se trata de eso! -dijo el fiscal-. El caso es curioso, en efecto. ¿No es usted el mismo que fue
miembro de! Zemstvo ( Asamblea electiva de provincia o de distrito - N.del T.) de Krasnopersk? -
continuó, como acordándose de haber oído hablar ya de este N ejludov que venía a comunicarle una
resolución tan extraña.
-Perdóneme, pero, que yo sepa, eso no se relaciona en lo más mínimo con mi petición -replicó
Nejludov con tono molesto.
-No, desde luego- respondió el fiscal con una imperceptible sonrisa y sin desconcertarse -; pero ese
proyecto de usted es tan singular y tan diferente de las formas ordinarias...
-Bueno, ¿Puedo conseguir esa autorización?
-¿La autorización? Desde luego. Voy a entregársela ahora mismo. Tenga la bondad de sentarse.
Él se sentó a su mesa y se puso a escribir.
-¡Siéntese, se lo ruego!
Nejludov permaneció en pie.
Cuando el fiscal acabó de escribir, se levantó y, sin dejar de observar con curiosidad a Nejludov, le
alargó el pase.
-Debo decirle todavía otra cosa -explicó este último -, y es que, en lo sucesivo, me será imposible
participar como jurado en esta serie de vistas.
-Como usted sabe, tendrá entonces que alegar sus motivos ante el tribunal, que le otorgará dispensa.
-Considero que todos sus juicios son inútiles e inmorarales: ¡he ahí mis motivos!
-Está bien -dijo el fiscal con aquella misma imperceptible sonrisa, que equivalía a decir que esos
principios ya le eran conocidos y que lo habían regocijado más de una vez -. No le costará trabajo
comprender, ¿verdad? , que en mi calidad de fiscal no pueda ser de su opinión sobre este punto. Pero
donde hay que explicar eso es ante el tribunal. Apreciará sus argumentos, los declarará aceptables o no,
y, en este último caso, le impondrá una multa. Diríjase usted al tribunal.
-Ya he dicho lo que tenía que decir y no iré a ninguna parte -replicó Nejludov con malhumor.
-Reciba usted mis saludos -dijo entonces el fiscal, mostrando impacientemente sus deseos de verse
libre de su extraño visitante.
-¿A quien acaba usted de recibir?- le preguntó algunos instantes después un juez que se había cruzado
con Nejludov en la puerta.
-Es Nejludov, ya usted sabe, el que hace algún tiempo, en el Zemtsvo de Krasnopersk, se hizo notar
por sus propuestas excéntricas. Imagínese que, siendo jurado, ha vuelto a encontrar, en el banquillo
de los acusados, a una muchacha seducida por él, según dice. ¡Y quiere casarse con ella!
-¿Es posible?
-Acaba de decírmelo. Y no puede usted imaginarse con qué exaltación extravagante.


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-Se diría verdaderamente que ocurre algo de anormal en el cerebro de la gente joven de hoy día.
-Pero es que éste no tiene un aire muy joven que digamos... Dígame, padrecito, ¿ha dicho ya todo lo
que tenía que decir su famoso Ivanchekov? ¡Ese animal se ha propuesto matamos de aburrimiento!
¡Habla y habla hasta el infinito!
-Simplemente, debería retirársele la palabra. Hablar has ta tal punto significa una verdadera
obstrucción.

XXXVI
Al abandonar al fiscal, Nejludov se dirigió derechamente a la penitenciaría de detención preventiva.
Pero no encontró allí a Maslova. El director le explicó que debía de estar, provisionalmente, en la vieja
prisión de los deportados, adonde Nejludov se hizo llevar en seguida.
En efecto, Catalina Maslova se encontraba allí.
La distancia entre las dos cárceles era muy g rande, por lo que Nejludov no llegó sino al caer la
noche. Cuando se disoponía a entrar, el centinela lo detuvo, y luego llamó; se abrió la puerta, y un
vigilante avanzó al encuentro de Nejludov. Habiendo exihibido éste su pase, el otro le declaró que no
podía dejado entrar sin autorización de! director.
Nejludov se dirigió, pues, a la vivienda de dicho funcio nario. En la escalera que llevaba a su
apartamento oyó al piano los sonidos apagados de un trozo de música complicado y arre batador. Una
criada hosca, con un parche en un ojo, le abrió la puerta del apartamento, y los sonidos del piano,
escapando de una habitación contigua, resonaron en sus oídos. Era la más conocida de las Rapsodias de
Liszt, muy bien tocada, pero con la singularidad de que el ejecutante no pasaba nunca de un determinado
pasaje, al llegar al cual se detenía y volvía a empezar.
Nejludov preguntó a la criada de! parche si el director estaba en casa. La criada dijo que no.
En aquel momento, la rapsodia se detuvo de nuevo y, tan ruidosa y retumbante como las veces
pasadas, recomenzó hasta el punto fatídico.
-¿Volverá pronto?
-Voy a preguntar.
Y la criada se alejó.
La rapsodia se lanzaba ya en su carrera, cuando se detuvo, esta vez sin haber alcanzado su término
habitual, y se dejó oír una voz de mujer:
-Dile que no está ni estará hoy. Está de visita. ¿Para qué vienen a molestado aquí? -dijo la voz
femenina detrás de la puerta.
Y la rapsodia recomenzó, mas para interrumpirse después de algunas compases. Y Nejludov oyó el
ruido de una silla movida por alguien. Sin duda alguna, la pianista, irritada, había tomado la decisión de
acudir en persona a despedir al importuno capaz de atreverse a molestada.
-¡Mi padre ha salido! -declaró ella, en efecto, con tono de malhumor.
Era una muchacha pálida, con cabellos rubios en desorden y grandes ojeras.
A la vista de un joven elegantemente vestido, cambió de tono.
-Entre, si quiere. ¿Qué desea usted?
-Quisiera ver a una mujer, detenida aquí.
–Sin duda una detenida política, ¿verdad?
-No, no política. Tengo un pase del fiscal.
-Lo siento muchísimo. Mi padre ha salido y no puedo hacer nada sin él. Pero, entre, se lo ruego,
siéntese unos momentos -continuó -.O bien, dirijase al subdirector. Debe de estar en el despacho y le
dirá lo que haya... ¿Cómo se llama usted?


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-Muchísimas gracias -dijo Nejludov, eludiendo la pregunta.
Y salió.
Apenas había cerrado la puerta tras él, cuando resonaton los mismos sonidos brillantes, ruidosos y
alegres, poco en ar monía con el lugar y con el aspecto lastimoso de la joven que se empeñaba en
repetidos con tanta terquedad. En el patio, Nejludov encontró a un joven funcionario de bigotes
retorcidos y le preguntó dónde podría encontrar al subdirector. Precisamente era él. Cogió el permiso, lo
examinó y declaró que allí se mencionaba únicamente la penitenciaría de detención preventiva, pero que
no valía para aquella cárcel.
-Por lo demás, es una hora muy avanzada. Vuelva ma ñana, si quiere. A las diez, todo el mundo
puede visitar a los presos. El director estatá aquí. Podrá ver usted a la presa en el locutorio común o en la
oficina, si el director lo consiente.
Frustrado así su esperanza de verla aquel día, Nejludov regresó a su casa. Caminaba por las calles
conmovido ante el pensamiento de aquella entrevista, y los detalles de aquella jornada se amontonaban
en su memoria. Se acordaba no del juicio, sino de su conversación con el fiscal y con los funcionarios de
las cárceles. Y el hecho de haber buscado una entrevista con Katucha, de haber manifestado su intención
al fiscal y de haber ido a las dos cárceles para verla lo trastornaba hasta tal punto, que tardó mucho
tiempo en recuperar su calma.
Una vez en su casa, sacó de un cajón su diario íntimo, abandonado desde hacía tanto tiempo, releyó
algunos pasajes y añadió las líneas siguientes:
«Desde hace dos años no he escrito nada en este diario y estaba convencido de que jamás volvería a
entregarme a esta niñería. ¿Niñería? Nada de eso, sino una conversación conmigo mismo, con ese yo
verdadero y divino que vive en cada hombre. Du rante todo este tiempo, ese yo estaba dormido en el
fondo de mi alma y yo no tenía a nadie con quien hablar. Pero bruscamente.. el 28 de abril, un
acontecimiento extraordinario, que ha tenido como teatro la Audiencia donde yo era jurado, lo ha
despertado. En el banquillo de los acusados ve
Publicado por fulcanellii @ 12:16
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